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El euro digitaltoma formaen un contexto de transformación ya avanzada de los hábitos de pago y los equilibrios infraestructurales del mercado europeo. En la zona del euro, el efectivo sigue desempeñando un papel importante en los pagos de proximidad, aunque su peso se ha reducido de forma constante en los últimos años; paralelamente, ha crecido el uso de los canales digitales y, en particular, de los pagos en línea, que hoy representan el36 % del valor de los pagos diarios en la Unión Europea, frente al18 % de 2019.
En este contexto, el cambio más significativo radica en que el punto de acceso a la relación de pago se está desplazando progresivamente haciamonederos electrónicos, aplicaciones e interfacescontroladas por operadores capaces de combinar pagos, autenticación, datos y servicios.
Una tendencia que se intensificará aún más, si se tiene en cuenta que, a nivel mundial, lascarteras digitales podríanllegar a ser utilizadas porel 70 % de los consumidores de aquí a 2030. Es precisamente esta evolución la que hace que el tema del euro digital sea relevante también desde el punto de vista competitivo, sobre todo en un mercado europeo que sigue fragmentado según las fronteras nacionales y expuesto al peso de los operadores internacionales: en el comercio electrónico con tarjeta, por ejemplo,Visa y Mastercardconcentran juntas alrededor del90 % del mercado.
En este contexto, el debate sobre el euro digital tiende a oscilar a menudo entre dos extremos: por un lado, una interpretación que lo presenta como una extensión dela moneda pública en la economía digital; por otro, una visión más técnica, que lo reduce a un nuevo instrumento de pago. El estado actual del proyecto europeo sugiere una perspectiva más precisa: hoy en día, el euro digital representa sobre todo un punto de inflexión en el que convergentres tensiones estructurales del mercado de pagos.
La primera se refiere a la sostenibilidad económica de los bancos y los proveedores de servicios de pago; la segunda, a la presión competitiva que ejercenlas stablecoinsy otras formas privadas de pago digital; y la tercera, a la urgencia de abordar las ineficiencias de los pagos transfronterizos. En este sentido, el proyecto del BCE se inscribe en una redefinición más amplia del ecosistema monetario y de las infraestructuras de pago europeas. En el centro se encuentra el equilibrio que se está perfilando entrela moneda pública, la innovación privada y las infraestructuras de pago, junto con los efectos que dicho equilibrio puede tener sobre los modelos de negocio, la competitividad de los operadores y la capacidad del sistema europeo para preservar su autonomía en los pagos digitales.
La introducción del euro digital tendría repercusiones que van mucho más allá del ámbito estrictamente infraestructural de los pagos y afectarían de manera diferentea bancos y proveedores de servicios de pago (PSP), comerciantes y empresas, consumidoresy, en general, al panorama competitivo del mercado europeo. Para los intermediarios, la cuestión central sigue siendo la viabilidad económica de la iniciativa, que debe entenderse en el marco de una transformación más amplia de su papel. Los bancos, las oficinas de correos y los PSP tendrían que distribuir el nuevo instrumento y gestionar la incorporación de nuevos usuarios, los monederos electrónicos, la asistencia, los controles, la liquidez y las operaciones en tiempo real, al tiempo que mantienen una relación directa con el cliente en un contexto en el que el servicio básico para el ciudadano seguiría siendo accesible y gratuito.
Por lo tanto, el impacto no se limita al modelo de compensación: afecta al replanteamiento de las arquitecturas operativas, a la integración con la plataforma europea, a la capacidad de operarlas 24 horas del día, los 7 días de la semana y los 365 días del año, a la gestión de funcionalidades como el modo offline, waterfall y reverse waterfall y, sobre todo, a la posibilidad de crear servicios de valor añadido sobre una infraestructura común. En este contexto, el euro digital puede suponer para los operadores un factor de refuerzo de la competitividad y de menor dependencia de los circuitos internacionales, aunque requiera inversiones, nuevas competencias y una gobernanza más avanzada de los procesos.
Paralos comerciantes, las empresas y los consumidores, las repercusiones adoptan una forma diferente, pero igualmente relevante. Desde el punto de vista de la demanda, el euro digital promete un medio de pago público y universalmente aceptado, que se podrá utilizar en pagos en tiendas físicas, en línea y entre particulares, con un nivel de accesibilidad pensado también para usuarios sin cuenta bancaria y con funcionalidades sin conexión orientadas a la continuidad operativa y a un grado de confidencialidad más cercano al del efectivo. Para los consumidores, esto puede traducirse en una mayor facilidad de uso, en una amplia variedad de monederos electrónicos ofrecidos por distintos proveedores y en la posible integración con servicios adicionales de identidad, autenticación y finance personales.
Para los comerciantes y las empresas, en cambio, la ventaja más evidente está relacionada con la perspectiva de una infraestructura paneuropea estandarizada, capaz de reforzar el poder de negociación, reducir la dependencia de sistemas extraeuropeos y abrir el camino a nuevos servicios comerciales, desde la integración con la contabilidad y los sistemas de caja hasta el proceso de pago avanzado, los programas de fidelización, los pagos condicionados o activados por eventos y posibles aplicaciones en el ámbito B2B y en los servicios digitales. Al mismo tiempo, también para estos actores surgen costes de adaptación de los terminales, los procesos y la seguridad informática.
En general, el euro digital se perfila como una infraestructura capaz de redistribuirlos costes, las oportunidades y las responsabilidadesa lo largo de toda la cadena de valor, asumiendo el papel de posible catalizador del reequilibrio competitivo, la innovación en los servicios y una mayor integración del mercado europeo de pagos.
El euro digital va tomando forma en un mercado caracterizado por el progresivo auge deinstrumentos privadosdiseñados para satisfacer necesidades que el dinero convencional y las infraestructuras existentes abordan con mayor dificultad. En este contexto se inscriben las stablecoins y las nuevas formas de pago digital desarrolladas en entornos nativamente interoperables, programables y siempre activos.
Su importancia se deriva sobre todo de su capacidad para cubrir ámbitos de gran intensidad operativa, como los ecosistemas digitales, la regulación de los activos tokenizados, las transferencias transfronterizas y los casos de uso entre empresas, en los que la rapidez de ejecución, la continuidad del servicio y la integración con lógicas aplicativas constituyen una ventaja competitiva real, más que de la posibilidad de sustituir por completo los medios de pago ya extendidos en el comercio minorista europeo.
Es en este contexto donde hay que situar el euro digital, como respuesta pública a un mercado en el que lamoneda digital privadaestá adquiriendo una importancia cada vez mayor, hasta el punto de influir en la redistribución del valor y del control a lo largo de la cadena de pagos.
Paralos bancos y los proveedores de servicios de pago, la presión competitiva que ejercen estos instrumentos va más allá de los volúmenes de transacciones y afecta al riesgo de perder protagonismo precisamente en aquellos ámbitos en los que suelen concentrarse la relación con el cliente, los datos, la conversión de valor y los servicios con mayor margen.
Las stablecoins, en particular, se inscriben en un modelo más fragmentado y global, en el que los emisores, los proveedores de monederos, las plataformas digitales y los operadores especializados pueden asumir funciones que, en el paradigma tradicional, quedaban más estrechamente ligadas a los intermediarios. Al mismo tiempo, estas soluciones abren importantes oportunidades: pueden hacer más eficientes los pagos internacionales, respaldar casos de uso nativos digitales y favorecer el desarrollo de servicios relacionados con la custodia, la conversión, el cumplimiento normativo y la interoperabilidad entre las finanzas tradicionales y los mercados tokenizados.
Desde esta perspectiva, la moneda digital privada debe entenderse, sobre todo, como un factor que acelera la transformación competitiva del mercado. En este contexto, el euro digital asume, por tanto, una función adicional, vinculada a la posibilidad de contribuir a la definición de un marco en el quela innovación, la confianza, la accesibilidad y la gestión de las infraestructurassigan siendo compatibles con los objetivos de estabilidad e integración del mercado europeo.
Es enlos pagos transfronterizosdonde el potencial transformador de las monedas digitales se pone de manifiesto con mayor claridad, ya que interviene en un ámbito en el que las ineficiencias del modelo tradicional siguen siendo especialmente evidentes: costes elevados, plazos de ejecución no siempre compatibles con las necesidades de la economía digital, escasa transparencia en las comisiones y los tipos de cambio, y una fuerte dependencia de complejas cadenas de intermediación. No es casualidad que la hoja de ruta del G20 apunte a reducir el coste medio de los pagos minoristas internacionales por debajo del 1 % y el de las remesas por debajo del 3 %, junto con una mayor rapidez, transparencia y accesibilidad.
Desde esta perspectiva, las monedas digitales públicas y privadas pueden constituir una herramienta concreta de simplificación, al permitir una liquidación más directa, continua e interoperable entre jurisdicciones, infraestructuras y distintos sujetos. Las estimaciones del Fondo Monetario Internacional también ayudan a medir la relevancia del tema: en un escenario ilustrativo, una reducción del60 % de los costes de transacciónpodría generar un ahorro total de unos510 000 millones de dólares, lo que equivale al0,3 % de los flujos transfronterizos globalesy al0,5 % del PIB mundial.
Las pruebas ya en marcha confirman que esta evolución no se refiere a un único instrumento, sino a la creación denuevas arquitecturas de pago. Proyectos como mBridge y Jura demuestran cómo las plataformas multi-CBDC y las infraestructuras DLT pueden reducir los plazos de liquidación, contener los riesgos operativos y mejorar la eficiencia de las transacciones internacionales; al mismo tiempo, el refuerzo de la interoperabilidad técnica, la adopción generalizada de normas como la ISO 20022 y la automatización de los controles de cumplimiento indican que el verdadero salto cualitativo dependerá de la capacidad de integrar la liquidación, los datos y la mensajería en ecosistemas más coordinados. En este contexto, el euro digital cobra relevancia también por la contribución que puede ofrecer al fortalecimiento de la autonomía europea en los flujos internacionales: para los bancos y los proveedores de servicios de pago (PSP), esto supone enfrentarse a nuevos modelos de liquidez e infraestructuras de liquidación; para las empresas y los comerciantes, a la perspectiva de pagos internacionales más rápidos, menos opacos y potencialmente menos costosos.
Desde esta perspectiva, eleuro digitalse inscribe en una tensión muy concreta: preservar el papel de la moneda pública en un ecosistema en el que la distribución, la aceptación y la experiencia del usuario están cada vez más en manos de infraestructuras privadas y, a menudo, no europeas. Están en juego la introducción de una nueva forma de pago y, al mismo tiempo, la capacidad de Europa para reforzar la coherencia de su mercado de pagos en una fase en la que se están redefiniendo los puntos de control más estratégicos de la cadena de valor.
Es también por eso que la importancia del euro digital tenderá a medirse sobre todo por su capacidad para influir en los ámbitos en los que hoy se está redistribuyendo el valor del mercado: el papel económico de los intermediarios, el control del monedero digital y de la interfaz con el usuario, la integración entre pagos, datos y servicios, y la eficiencia de las infraestructuras transfronterizas. Es en esta línea donde el proyecto europeo podrá adquirir un significado sistémico, acompañando la innovación en los pagos y respaldandola coherencia, la integración y la capacidad de controlen un mercado en rápida transformación.